No todo en la vida es sencillo; de vez en cuando, se nos presentan pequeños retos o momentos en los que se requiere un tanto de valentía, esfuerzo y dedicación. Puede que sea en estos momentos en los que mayor precio tiene el valor de una persona, porque es aquí, donde las adversidades y la situación empiezan un pulso a sangre fría frente a ti mismo. Exagerando un poco, podríamos llegar a decir que este ha sido un ensayo de estas situaciones que os comentaba, donde los nervios, la inseguridad y la vergüenza entran en escena como personajes principales, y casi se olvidan de invitar al trabajo, esfuerzo y dedicación que se esconden detrás de la representación en sí.
Sin más dilaciones, e intentando no irme por las ramas, presento lo que fue mi representación de “segundos musicales” de la última sesión. Quedaría feo decir que improvisé, después del emotivo párrafo que he escrito… pero más feo seria mentir. Pues sí. Fue una improvisación… Cogí los auriculares, y como un día más, salí de casa andando para ir para clase. Aproveché los diez minutos de camino para ir escuchando la Remolienda, de Victor Jara, Parte1. En mi cabeza imaginaba a la perfección cuál seria la representación, ajustando tiempos, contando y calculando los segundos y marcando ritmos, pero tuve la gran suerte (o mala, según se mire) de encontrarme el semáforo de Avenida de Catalunya en rojo. Después de unos soplidos de queja, salieron al paso de cebra dos muchachos. Eran punks, estaban repletos de rastas, piercings y tatuajes, y a la acera, les esperaba el correspondiente perro de marca blanca. Comenzaron a hacer malabares, uno lo hacía con bolos, y otro con pelotas. Mientras, yo esperaba con los auriculares y la canción en marcha… ¿se puede deducir qué pasó no? Me encantó, me resulto completamente sublime y maravilloso aquellos instantes y decidí representar algo semejante en clase. Faltó tiempo de preparación, ensayo y mejorar ritmos, pero desbordaba sentimiento y gusto por mi parte, por aquello que mostraba a mis compañeros y compañeras.
Disculpas por el atrevimiento de tener la osadía de presentar algo improvisado, sobre todo a mis compañeras y compañeros que seguro que dedicaron mucho tiempo en preparar su representación, y gracias por su atención.
Ahí va,un malabarista, que un día normal recibe una donación un tanto especial…